24 de septiembre de 2010

cuento de supermercado

Pese a lo que todos puedan sentir, el supermercado había dejado de ser ese  lugar frío, en el que no reconoces ningún rostro,  ese espacio infame, que no permite que reconozcas a la cajera en tu siguiente visita, porque todos son otro más; otro empleado, otro cliente, otra cifra, una comisión más si te atienden con rapidez, otro número en la cuenta bancaria del dueño. 
Nunca son los mismos; el de abarrotes se cansa, el de frutas y verduras se cambia de supermercado, la mujer de la farmacia consigue un mejor empleo y ya nunca vuelve a esa tienda.   Los compradores caminan apresurados; con la mirada fija en el precio de los productos, deslumbrados por tantas latas, tantos paquetes y tantas botellas,tantos tamaños y tantísimos colores, que rara vez reconocen al vecino en medio de las compras, van arriando a sus críos para que se alejen de los dulces, con la economía en plena crisis, a nadie le alcanza para sus "caprichos". Y así, nadie se nombra, nadie se saluda, nadie sabe quién es quién. Vamos tan rápido.
Él siempre la veía pasar a la misma hora, va distraída como de costumbre y pasa de largo por la panadería,  aunque al final siempre vuelve a comprar lo de siempre; el panqué de nuez es uno de sus gustos más firmes, ya sabe él que pasará cada tercer día y que por lo menos una vez a la semana comprará su pan favorito, así que cuando la ve llegar se sacude la harina del delantal, se acomoda la corbata, y pone pan fresco en los exhibidores. Ella… ella nunca nota la alegría del panadero  en su  siempre cálido y constante -señorita, buenas tardes-  
Pero esta vez  sería diferente,ella ha recordado que el panadero del supermercado, lleva mucho tiempo allí. Primero estuvo detrás de las maquinas, cubierto con delantal, cubre bocas y gorrito en el cabello, estuvo siempre por allí, entre los hornos, sacando el pan caliente para que los clientes lo tomen con mal gesto y sin un –gracias- , a veces en caja, contando las piezas y metiéndolas en esas bolsas de papel, él tan cuidadoso doblando las esquinas y  grapando delicadamente, aunque siempre cabizbajo, como si supiera que todos al llegar a sus casas rompen la bolsa sin consideración.  
Esta vez sería distinto porque ella recordó que  en su última compra él ya no usaba bata blanca, sino un traje negro con camisa azul. Sonrío, era quizá el único rostro que se le había vuelto familiar en el supermercado, por fin ese había dejado de serle un “no lugar”.   
Quiso entonces comprar pan, saludar al panadero y decirle que se había percatado de su constancia, -quizá usted no me recuerde, señor, pero me he dado cuenta de su logro-  Lo felicitaría y le diría –hasta la semana próxima-.muy sonriente.

Pero cuando llegó, se dio cuenta, que tristemente, el panadero de todos los jueves ya no trabajaba allí.

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