4 de noviembre de 2010

homesick II

Recuerdo cuando vivía en tu casa y me molestaba contigo por cualquier estupidez, porque no aplastaba del modo correcto la pasta de dientes, porque manoseaba un pan y nunca me lo comía completo, porque abría mal la caja de cereal, o simplemente porque dejaba cualquier cosa fuera de lugar. A veces no eran estupideces, era porque no respondía a tus demandas de inmediato, porque era demasiado egoísta, porque pensaba sólo en mi y en mi comodidad, porque tú intentabas formarme, hacer de mí una mujer completa, capaz de responder ante cualquier circunstancia...  Recuerdo tus bromas pesadas, còmo me hacías saltar de la cama cuando tocabas fuertemente la puerta de mi recámara, después sólo escuchaba tu risa burlona, la misma risa que soltabas cuando jugabas con los mil y uno apodos con los que siempre me has llamado...  Recuerdo estar sentada en el borde de la cama de tu cuarto, platicar contigo hasta que mi madre se desesperara porque no la dejabamos oir la televisión, comer cacahuates contigo ¿Sabes? el otro día compré un botesito de cacahuates sólo porque sé cuánto los disfrutarías...

No sabes cómo tengo ganas de quedarme despierta hasta tarde por conversar contigo, no sabes cómo quisiera que me llamaras la atención por cualquier motivo, no sabes lo que daría por estar sentada contigo a la mesa,  no sabes cómo extraño el olor a café en las mañanas, el olor a pan tostado con mantequilla en el comal, el olor de tu casa, mi casa, la nuestra, el nosotros cercano, cotidiano, papá, mamá e hija, el viento, el sol grande, el abrazo... No sabes cuánto lo extraño... tanto que en este justo momento, no puedo parar de llorar.

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