7 de marzo de 2012

Acento

Desde que no tengo acento, me la paso escuchando los acentos de otros, es como si me los reprocharan, como si me escupieran con sus lenguas ese sonidito que la mía no logra retener. Andan todos por allí, con sus palabras dichas de tantas formas, con sus fonéticas complejas, simples, destiladas, con sus palabras de lado, con sus letras mojadas, bañadas en ríos, embarcadas en costas, paseadas en montañas, puestas a secar al sol; con sus tambores, sus violines y sus congas, con su bandoneón.

Todos me hablan con música, con la palabra cantada, y andan escupiéndomela, presumiéndomela, negándomela. Desde que no tengo acento, me la paso distinguiendo acentos, contándolos, identificándolos, buscando pistas, indicios, signos, semejanzas con el humo que me sale de los labios cada vez que intento hablar.

Desde que no tengo acento, reconozco acentos, porque quizá un día en el que se queden dormidos todos los demás, y la palabra cantada deje de cantar, yo encuentre el mío.


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